Jaime Anacona Cuellar

 LECTURA DE LA PALABRA EN EL A.T.  PARA HOY 11 DE FEBRERO. Levítico 13, 

Leyes acerca de la lepra

13

1Habló Jehová a Moisés y a Aarón, diciendo: 2Cuando el hombre tuviere en la piel de su cuerpo hinchazón, o erupción, o mancha blanca, y hubiere en la piel de su cuerpo como llaga de lepra, será traído a Aarón el sacerdote o a uno de sus hijos los sacerdotes. 3Y el sacerdote mirará la llaga en la piel del cuerpo; si el pelo en la llaga se ha vuelto blanco, y pareciere la llaga más profunda que la piel de la carne, llaga de lepra es; y el sacerdote le reconocerá, y le declarará inmundo. 4Y si en la piel de su cuerpo hubiere mancha blanca, pero que no pareciere más profunda que la piel, ni el pelo se hubiere vuelto blanco, entonces el sacerdote encerrará al llagado por siete días. 5Y al séptimo día el sacerdote lo mirará; y si la llaga conserva el mismo aspecto, no habiéndose extendido en la piel, entonces el sacerdote le volverá a encerrar por otros siete días. 6Y al séptimo día el sacerdote le reconocerá de nuevo; y si parece haberse oscurecido la llaga, y que no ha cundido en la piel, entonces el sacerdote lo declarará limpio: era erupción; y lavará sus vestidos, y será limpio. 7Pero si se extendiere la erupción en la piel después que él se mostró al sacerdote para ser limpio, deberá mostrarse otra vez al sacerdote. 8Y si reconociéndolo el sacerdote ve que la erupción se ha extendido en la piel, lo declarará inmundo: es lepra.

9Cuando hubiere llaga de lepra en el hombre, será traído al sacerdote. 10Y éste lo mirará, y si apareciere tumor blanco en la piel, el cual haya mudado el color del pelo, y se descubre asimismo la carne viva, 11es lepra crónica en la piel de su cuerpo; y le declarará inmundo el sacerdote, y no le encerrará, porque es inmundo. 12Mas si brotare la lepra cundiendo por la piel, de modo que cubriere toda la piel del llagado desde la cabeza hasta sus pies, hasta donde pueda ver el sacerdote, 13entonces éste le reconocerá; y si la lepra hubiere cubierto todo su cuerpo, declarará limpio al llagado; toda ella se ha vuelto blanca, y él es limpio. 14Mas el día que apareciere en él la carne viva, será inmundo. 15Y el sacerdote mirará la carne viva, y lo declarará inmundo. Es inmunda la carne viva; es lepra. 16Mas cuando la carne viva cambiare y se volviere blanca, entonces vendrá al sacerdote, 17y el sacerdote mirará; y si la llaga se hubiere vuelto blanca, el sacerdote declarará limpio al que tenía la llaga, y será limpio.

18Y cuando en la piel de la carne hubiere divieso, y se sanare, 19y en el lugar del divieso hubiere una hinchazón, o una mancha blanca rojiza, será mostrado al sacerdote. 20Y el sacerdote mirará; y si pareciere estar más profunda que la piel, y su pelo se hubiere vuelto blanco, el sacerdote lo declarará inmundo; es llaga de lepra que se originó en el divieso. 21Y si el sacerdote la considerare, y no apareciere en ella pelo blanco, ni fuere más profunda que la piel, sino oscura, entonces el sacerdote le encerrará por siete días; 22y si se fuere extendiendo por la piel, entonces el sacerdote lo declarará inmundo; es llaga. 23Pero si la mancha blanca se estuviere en su lugar, y no se hubiere extendido, es la cicatriz del divieso, y el sacerdote lo declarará limpio.

24Asimismo cuando hubiere en la piel del cuerpo quemadura de fuego, y hubiere en lo sanado del fuego mancha blanquecina, rojiza o blanca, 25el sacerdote la mirará; y si el pelo se hubiere vuelto blanco en la mancha, y ésta pareciere ser más profunda que la piel, es lepra que salió en la quemadura; y el sacerdote lo declarará inmundo, por ser llaga de lepra. 26Mas si el sacerdote la mirare, y no apareciere en la mancha pelo blanco, ni fuere más profunda que la piel, sino que estuviere oscura, le encerrará el sacerdote por siete días. 27Y al séptimo día el sacerdote la reconocerá; y si se hubiere ido extendiendo por la piel, el sacerdote lo declarará inmundo; es llaga de lepra. 28Pero si la mancha se estuviere en su lugar, y no se hubiere extendido en la piel, sino que estuviere oscura, es la cicatriz de la quemadura; el sacerdote lo declarará limpio, porque señal de la quemadura es.

29Y al hombre o mujer que le saliere llaga en la cabeza, o en la barba, 30el sacerdote mirará la llaga; y si pareciere ser más profunda que la piel, y el pelo de ella fuere amarillento y delgado, entonces el sacerdote le declarará inmundo; es tiña, es lepra de la cabeza o de la barba. 31Mas cuando el sacerdote hubiere mirado la llaga de la tiña, y no pareciere ser más profunda que la piel, ni hubiere en ella pelo negro, el sacerdote encerrará por siete días al llagado de la tiña; 32y al séptimo día el sacerdote mirará la llaga; y si la tiña no pareciere haberse extendido, ni hubiere en ella pelo amarillento, ni pareciere la tiña más profunda que la piel, 33entonces le hará que se rasure, pero no rasurará el lugar afectado; y el sacerdote encerrará por otros siete días al que tiene la tiña. 34Y al séptimo día mirará el sacerdote la tiña; y si la tiña no hubiere cundido en la piel, ni pareciere ser más profunda que la piel, el sacerdote lo declarará limpio; y lavará sus vestidos y será limpio. 35Pero si la tiña se hubiere ido extendiendo en la piel después de su purificación, 36entonces el sacerdote la mirará; y si la tiña hubiere cundido en la piel, no busque el sacerdote el pelo amarillento; es inmundo. 37Mas si le pareciere que la tiña está detenida, y que ha salido en ella el pelo negro, la tiña está sanada; él está limpio, y limpio lo declarará el sacerdote.

38Asimismo cuando el hombre o la mujer tuviere en la piel de su cuerpo manchas, manchas blancas, 39el sacerdote mirará, y si en la piel de su cuerpo aparecieren manchas blancas algo oscurecidas, es empeine que brotó en la piel; está limpia la persona.

40Y el hombre, cuando se le cayere el cabello, es calvo, pero limpio. 41Y si hacia su frente se le cayere el cabello, es calvo por delante, pero limpio. 42Mas cuando en la calva o en la antecalva hubiere llaga blanca rojiza, lepra es que brota en su calva o en su antecalva. 43Entonces el sacerdote lo mirará, y si pareciere la hinchazón de la llaga blanca rojiza en su calva o en su antecalva, como el parecer de la lepra de la piel del cuerpo, 44leproso es, es inmundo, y el sacerdote lo declarará luego inmundo; en su cabeza tiene la llaga.

45Y el leproso en quien hubiere llaga llevará vestidos rasgados y su cabeza descubierta, y embozado pregonará: ¡Inmundo! ¡Inmundo! 46Todo el tiempo que la llaga estuviere en él, será inmundo; estará impuro, y habitará solo; fuera del campamento será su morada.

47Cuando en un vestido hubiere plaga de lepra, ya sea vestido de lana, o de lino, 48o en urdimbre o en trama de lino o de lana, o en cuero, o en cualquiera obra de cuero; 49y la plaga fuere verdosa, o rojiza, en vestido o en cuero, en urdimbre o en trama, o en cualquiera obra de cuero; plaga es de lepra, y se ha de mostrar al sacerdote. 50Y el sacerdote mirará la plaga, y encerrará la cosa plagada por siete días. 51Y al séptimo día mirará la plaga; y si se hubiere extendido la plaga en el vestido, en la urdimbre o en la trama, en el cuero, o en cualquiera obra que se hace de cuero, lepra maligna es la plaga; inmunda será. 52Será quemado el vestido, la urdimbre o trama de lana o de lino, o cualquiera obra de cuero en que hubiere tal plaga, porque lepra maligna es; al fuego será quemada.

53Y si el sacerdote mirare, y no pareciere que la plaga se haya extendido en el vestido, en la urdimbre o en la trama, o en cualquiera obra de cuero, 54entonces el sacerdote mandará que laven donde está la plaga, y lo encerrará otra vez por siete días. 55Y el sacerdote mirará después que la plaga fuere lavada; y si pareciere que la plaga no ha cambiado de aspecto, aunque no se haya extendido la plaga, inmunda es; la quemarás al fuego; es corrosión penetrante, esté lo raído en el derecho o en el revés de aquella cosa.

56Mas si el sacerdote la viere, y pareciere que la plaga se ha oscurecido después que fue lavada, la cortará del vestido, del cuero, de la urdimbre o de la trama. 57Y si apareciere de nuevo en el vestido, la urdimbre o trama, o en cualquiera cosa de cuero, extendiéndose en ellos, quemarás al fuego aquello en que estuviere la plaga. 58Pero el vestido, la urdimbre o la trama, o cualquiera cosa de cuero que lavares, y que se le quitare la plaga, se lavará segunda vez, y entonces será limpia.

59Esta es la ley para la plaga de la lepra del vestido de lana o de lino, o de urdimbre o de trama, o de cualquiera cosa de cuero, para que sea declarada limpia o inmunda. Amen.


LECTURA DE LA PALABRA EN EL N.T.  PARA HOY 11 DE FEBRERO. Mateo 26: 20 – 54.

20Cuando llegó la noche, se sentó a la mesa con los doce. 21Y mientras comían, dijo: De cierto os digo, que uno de vosotros me va a entregar. 22Y entristecidos en gran manera, comenzó cada uno de ellos a decirle: ¿Soy yo, Señor? 23Entonces él respondiendo, dijo: El que mete la mano conmigo en el plato, ése me va a entregar. 24A la verdad el Hijo del Hombre va, según está escrito de él, mas ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del Hombre es entregado! Bueno le fuera a ese hombre no haber nacido. 25Entonces respondiendo Judas, el que le entregaba, dijo: ¿Soy yo, Maestro? Le dijo: Tú lo has dicho.

26Y mientras comían, tomó Jesús el pan, y bendijo, y lo partió, y dio a sus discípulos, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo. 27Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos; 28porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados. 29Y os digo que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día en que lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre.

 Jesús anuncia la negación de Pedro

(Mr. 14.26–31; Lc. 22.31–34; Jn. 13.36–38)

30Y cuando hubieron cantado el himno, salieron al monte de los Olivos. 31Entonces Jesús les dijo: Todos vosotros os escandalizaréis de mí esta noche; porque escrito está: Heriré al pastor, y las ovejas del rebaño serán dispersadas. 32Pero después que haya resucitado, iré delante de vosotros a Galilea. 33Respondiendo Pedro, le dijo: Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré. 34Jesús le dijo: De cierto te digo que esta noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces. 35Pedro le dijo: Aunque me sea necesario morir contigo, no te negaré. Y todos los discípulos dijeron lo mismo.

 Jesús ora en Getsemaní

(Mr. 14.32–42; Lc. 22.39–46)

36Entonces llegó Jesús con ellos a un lugar que se llama Getsemaní, y dijo a sus discípulos: Sentaos aquí, entre tanto que voy allí y oro. 37Y tomando a Pedro, y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera. 38Entonces Jesús les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí, y velad conmigo. 39Yendo un poco adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú. 40Vino luego a sus discípulos, y los halló durmiendo, y dijo a Pedro: ¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora? 41Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil. 42Otra vez fue, y oró por segunda vez, diciendo: Padre mío, si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad. 43Vino otra vez y los halló durmiendo, porque los ojos de ellos estaban cargados de sueño. 44Y dejándolos, se fue de nuevo, y oró por tercera vez, diciendo las mismas palabras. 45Entonces vino a sus discípulos y les dijo: Dormid ya, y descansad. He aquí ha llegado la hora, y el Hijo del Hombre es entregado en manos de pecadores. 46Levantaos, vamos; ved, se acerca el que me entrega.

 Arresto de Jesús

(Mr. 14.43–50; Lc. 22.47–53; Jn. 18.2–11)

47Mientras todavía hablaba, vino Judas, uno de los doce, y con él mucha gente con espadas y palos, de parte de los principales sacerdotes y de los ancianos del pueblo. 48Y el que le entregaba les había dado señal, diciendo: Al que yo besare, ése es; prendedle. 49Y en seguida se acercó a Jesús y dijo: ¡Salve, Maestro! Y le besó. 50Y Jesús le dijo: Amigo, ¿a qué vienes? Entonces se acercaron y echaron mano a Jesús, y le prendieron. 51Pero uno de los que estaban con Jesús, extendiendo la mano, sacó su espada, e hiriendo a un siervo del sumo sacerdote, le quitó la oreja. 52Entonces Jesús le dijo: Vuelve tu espada a su lugar; porque todos los que tomen espada, a espada perecerán. 53¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles? 54¿Pero cómo entonces se cumplirían las Escrituras, de que es necesario que así se haga?  Amen. Rv.


COMENTARIO DE LA PALABRA EN EL A.T. 

Capítulo 13

13.1ss Lepra (llamada aquí «llaga de lepra») es un nombre que se aplica a varias enfermedades de la piel, y en los tiempos bíblicos se le temía grandemente. Algunas de estas enfermedades, a diferencia de la enfermedad que hoy en día llamamos lepra o enfermedad de Hansen, eran sumamente contagiosas. Las peores destruían el cuerpo lentamente y, en la mayoría de los casos, eran fatales. Los leprosos eran separados de su familia y amigos y eran confinados a lugares alejados del campamento. Como los sacerdotes eran responsables de la salud del campamento, era su deber expulsar y readmitir leprosos. Si la lepra de alguno parecía desaparecer, sólo el sacerdote podía decidir si esa persona estaba verdaderamente curada. En la Biblia se usa a menudo la lepra como una ilustración del pecado porque es contagiosa, destructiva y conduce a la separación.

13.45, 46 Un leproso tenía que llevar a cabo este extraño ritual para prevenir que los demás se le acercaran demasiado. Ya que a menudo la lepra descrita en Levítico era una enfermedad contagiosa, era muy importante que la gente permaneciera alejada de aquellos que la padecían.



COMENTARIO DE LA PALABRA EN EL N.T. Mateo 26: 20 – 54

26.26 Cada nombre que damos a este sacramento expresa una dimensión diferente. Es la cena del Señor porque conmemora la cena que tuvo Jesús con sus discípulos; es la eucaristía (acción de gracias) porque en ella agradecemos a Dios por la obra de Cristo realizada a nuestro favor; es Comunión porque por medio de ella comulgamos con Dios y con otros creyentes. Al comer el pan y beber el vino, con toda seriedad recordamos la muerte de Jesús y su promesa de regresar; damos gracias por el maravilloso regalo de Dios, y nos regocijamos al reunirnos con Cristo y su cuerpo de creyentes.

26.28 ¿Cómo sella la sangre de Cristo el nuevo pacto? Las personas que estaban bajo el viejo pacto (los que vivieron antes de Jesús) podían acercarse a Dios sólo a través del sacerdote y un sacrificio animal. Ahora todos pueden venir directamente a Dios por medio de la fe porque la muerte de Jesús nos ha hecho aceptos ante sus ojos (Romanos 3.21–24).
El viejo pacto fue una figura del nuevo (Jeremías 31.31; Hebreos 8.11ss), y apuntaba al día en que Jesús sería el último y final sacrificio por el pecado. En lugar de un cordero sin mancha sobre el altar, el Cordero perfecto fue levantado en la cruz. Como era un sacrificio sin pecado, todos nuestros pecados pueden ser perdonados una vez y para siempre. Todos los que creen en Él reciben ese perdón.

26.29 Una vez más Jesús hablaba a sus discípulos de su victoria sobre la muerte y del futuro de ellos con Él. Las siguientes horas traerían una aparente derrota, pero pronto experimentarían el poder del Espíritu Santo y serían testigos del fantástico esparcimiento del mensaje del evangelio. Y un día, todos estarían juntos otra vez en el nuevo Reino de Dios.

26.30 Es posible que el himno que cantaron los discípulos se tomó de los Salmos 115–118, salmos tradicionales que se cantaban como parte de la cena de Pascua.

26.35 Todos los discípulos manifestaron que estaban dispuestos a morir antes que abandonarlo. Pocas horas más tarde, sin embargo, huyeron. Hablar es fácil. Es sencillo decir que somos seguidores de Cristo pero nuestras declaraciones son solo significativas cuando se prueban en el crisol de la persecución. ¿Cuán sólida es nuestra fe? ¿Tiene suficiente firmeza para resistir una prueba intensa?

26.37, 38 Jesús sufría pensando en el dolor físico que se avecinaba, en que se separaría del Padre y moriría por los pecados del mundo. El curso divino había sido establecido, pero en su naturaleza humana todavía batallaba (Hebreos 5.7–9). Por causa de la angustia que Él sufrió, puede entender nuestro sufrimiento. Su fuerza para obedecer vino de la relación con Dios el Padre, el que es también la fuente de nuestra fortaleza (Juan 17.11, 15, 16, 21, 26).

26.39 Jesús no se rebelaba contra la voluntad de su Padre cuando pidió que, si era posible, lo librara de la copa. Al contrario, reiteró su deseo de que se hiciera la voluntad de Dios al decir: «Pero no sea como yo quiero, sino como tú». Su oración nos revela su terrible sufrimiento. Su agonía fue peor que la muerte ya que tuvo que pagar personalmente por todos los pecados y experimentar la separación de Dios. El Hijo de Dios inmaculado tomó nuestros pecados para salvarnos del sufrimiento y la separación.

26.39 En tiempos de sufrimiento a veces nos gustaría ver el futuro, o entender el porqué de nuestra angustia. Jesús sabía lo que le esperaba, y sabía por qué. Con todo, su batalla fue intensa, más dislocadora que cualquier otra batalla anterior. ¿Qué se necesita para poder decir: «Hágase tu voluntad.» Se necesita confianza en los planes de Dios, oración y obediencia en cada paso del camino.

26.40,41 Jesús usó la somnolencia de Pedro para ponerle al tanto de las tentaciones que muy pronto enfrentaría. La mejor manera de superar las tentaciones es estar alerta y orar. Estar alerta es estar conscientes de las posibilidades de tentación, ser sensibles a las sutilezas y estar equipados para la batalla. Porque la tentación ataca por donde somos más vulnerables, no la podemos resistir solos. La oración es esencial porque nos fortalece para contrarrestar el poder de Satanás.

26.48 Judas había dicho que debían arrestar al hombre a quien él saludara. El arresto no lo hacían soldados romanos bajo la ley romana, sino los líderes religiosos. Judas identificó a Jesús no porque fuera difícil de reconocer, sino porque había aceptado ser el acusador formal en caso de que fuera llamado a juicio. Judas supo conducirlos a uno de los lugares de retiro de Jesús donde no hubiera personas que interfirieran con el arresto.

26.51–53 El hombre que le cortó la oreja al siervo fue Pedro (Juan 18.10). Pedro trató de impedir lo que para él era una derrota. No concebía que Jesús tuviera que morir para obtener la victoria. Pero Jesús demostró que su entrega a la voluntad de Dios era perfecta. Su Reino no sería promovido con espadas sino con fe y obediencia. Comentario de la Biblia del Diario Vivir. RVR 1960.


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